Corría el año del cambio de milenio, y ese verano junto con mi familia y unos amigos decidí ir a pasar unos días a la Sierra de Urbasa (Navarra). Es una zona muy bonita y un lugar ideal para descansar en plena naturaleza.

Allí en la cima de tan fantástico paraje, hay un camping con un albergue. Nos hospedamos junto a unos amigos y sus hijas. Era un lugar espacioso, y en esos días se encontraba también allí concentrado, un equipo de rugby. Da gusto ver a los jóvenes con plena energía y potencia, enfocar su atención al cultivo de sus facultades físicas.

Una mañana, después de dar un largo paseo y justo a la entrada del albergue, me encontré con uno de los miembros del equipo, con la pierna en alto y con una bolsa de hielo en el tobillo derecho. Estaba acompañado por un hombre en ropa de deporte de mas edad. No pude por menos que preguntarle que le pasaba, a lo que me contestó que se había hecho un esguince.

Uno es como es,  y enseguida me presenté y le dije que era acupuntor, y si lo deseaba podía ayudarle. El fuerte joven no puso más que reparos por sus miedos a las agujas, mientras no nos quitaba ojo de encima el otro señor que se encontraba junto a él.

Por la cara de dolor del joven, acudí a mi astucia para intentar ayudarle. Le pegunté que deporte practicaba, y el contestó orgulloso que hacía rugby. También quise saber de donde era, pues su acento le delataba. Me dijo que era Vasco, del barrio de Guetxo. Hice referencia directa a lo duro que es esa disciplina, y ataqué directamente a su hombría. Era capaz de hacer un placaje a un jugador lanzándose sin pensarlo, y unas pequeñas agujas le hacían dudar, a un tío fuerte del norte.

En ese momento el señor que había permanecido en silencio a su lado dijo con tono autoritario: «Ya te estás tumbando para que este señor te ponga las agujas».

Nos dirigimos al interior, a su habitación compartida con múltiples literas, la verdad es que no podía ni apoyar el pié y lo tenía muy inflamado. El desorden era total, y el olor a «entrenamiento» salía por el pasillo. El chico se excusó. Pero son chavales, jóvenes, y de vacaciones entrenando…

En esas que puse un colchón en el suelo para poder tratarle. Cuando terminamos la sesión con acupuntura y moxibustión tradicional, ya podía apoyar el pié casi sin dolor. Le di unas recomendaciones y le comenté que sería bueno hacer una sesión de refuerzo otro día. Me comentó que el señor de chándal era su entrenador. Nos despedimos. Le pregunté su nombre y me lo dijo en Euskera, pero no puedo recordarlo. Lo que si recuerdo es que significaba corzo.

Al día siguiente después que los niños montaron a caballo, y de desayunar, me encontraba de pies junto a los amigos comentando pormenores para la construcción del actual Centro Minerva de Acupuntura. Alguien llamó mi atención tocándome el hombro. Al volverme me encontré con un joven empapado en sudor, respirando fuerte que venía de correr junto con su equipo.

El chico era parco en palabras, pero su vista lo decía todo con su profunda cara de satisfacción y agradecimiento. Pidió perdón por interrumpir y dijo señalándose al pié. «Que muchas gracias». Y se fue corriendo de nuevo. No volví a pincharle. No fue necesario.

Me produce una profunda satisfacción el ver, como un cuerpo sano y fuerte se recupera por si solo, con una pequeña ayuda. Ayuda que hay que saber aplicar en el momento adecuado.

Un abrazo muy grande al equipo, a los hermanos y hermanas Vascos, y a mi amada Urbasa. Lugar de inspiración y misterio…. de retiro y soledad, aunque esta vez, de servicio también.